Las semanas posteriores a la coronación de Aërbol transcurrieron bajo una agónica y creciente tensión en el Reino de Wálattan, mientras luz de los días se hacía más duradera y el calor incrementaba con la llegada de los vientos del Cangrejo.
El nuevo Regente, nada más subir al poder, no dudó en hacer una limpieza de los elementos que su padre dejó al morir. Con el paso del tiempo, uno a uno, fue cambiando a todos los Consejeros del Rey, y colocando a amigos personales, soldados y mercenarios. A su hermano Acaëcio, para tenerlo contento, pero engañado, lo nombró Capitán General del Ejército, con lo que ese cuerpo parecía tenerlo controlado.
A lo largo de aquellas lunas, todo lo relacionado con la Regencia de Aërbol, Lenzias lo estaba siguiendo al detalle. Y, ciertamente, el esquizofrénico comportamiento del joven Thartsoida le preocupaba bastante. El temor a que el nuevo Regente pronto tomara represalias, en contra de Ludwen y de él, le aprisionaba el pecho, y sabía que su estancia entre los Hijos de Thartso se alargaría por poco tiempo.
Uno de aquellos atardeceres, Lenzias montó a Lazet y se dirigió hasta Kalariam para hablar con la Princesa Lithaël. La buscó en la Torre de Feinel y se dirigió a ella.
—¡Lithaël!, ¿te apetece que paseemos juntos hacia el Túmulo de los Reyes?
—Por supuesto, querido Lenzias.
La joven accedió sin vacilar, indudablemente no tenía pegas en abandonar aquellos fríos muros, entre los que vivía sin apenas distracciones de ningún tipo.
Entonces, ambos montaron a lomos de Lazet, cruzaron la Ciudad-Fortaleza y también las Puertas del Río. En el alto puente sobre el río Fílestrom, Lenzias decidió que desmontaran, para continuar caminando y así dirigirse plácidamente sendero arriba.
—¿Qué importante pretexto ha hecho que vengas a verme, después de casi un año sin saber de ti? —preguntó la joven morena—. Durante todo este tiempo pensé que habíais regresado a vuestro hogar, a no ser por las habladurías que se escuchan.
—¿Qué habladurías?
—He oído que Ludwen y tú os dedicáis a adiestrar a los niños en el antiguo Templo de Olatria.
—Eso es cierto, Princesa. Nos entristece que vuestras tradiciones se estén perdiendo.
—Es de agradecer el interés de los Atlantes porque nosotros, salvajes y mortales, no perdamos nuestras centenarias tradiciones. Pero, querido Lenzias, enclaustrada tras los muros de Kalariam, tengo la sensación de que cuando hablan de ustedes, se refieren a fantasmas del pasado —terminó la Princesa, cuando sus verdes ojos ya se habían abrillantado.
—Tranquilízate, Lithaël, no debes estar triste. La situación se ha complicado tras la pérdida de tu tío Altacir. Desde hace tiempo atrás, conoces el por qué de nuestra presencia entre ustedes, pero el cometido por el que Ludwen y yo vinimos hasta Wálattan aún sigue lejos de nuestro alcance. Por lo tanto, has de comprender que el tiempo se nos está acabando.
Hasta ese momento, ambos caminaban a la par, pero Lithaël se detuvo al escuchar las preocupantes palabras que salían por boca del Atlante. Aunque no sería aquel el momento en el que la Princesa Thartsoida titubease en sus palabras.
—Ah, entiendo, tan sólo has venido a despedirte.
Lenzias se volvió hacia ella por un instante. Sabía que aquel iba a ser el adiós definitivo entre ambos. No hubo miradas de odio antes de que el Atlante se girase de nuevo, y continuase con la ascensión hasta el Túmulo de los Reyes. Y, pareciendo querer convencerse a sí mismo, le dijo la verdad.
—Así es, mi padre nos reclama desde la Ciudad Blanca.
Nuevamente, Lithaël se detenía en seco, asintiendo con movimientos gestuales, evidenciando síntomas de encontrarse enojada, mientras aguardaba a que Lenzias rompiera aquel punzante silencio.
—¡No pienso continuar caminando, Lenzias! ¡Di lo que tengas que decir, pues regreso a la Torre...!
Al instante, el Atlante se acercó presto hasta la joven y la interrumpió en sus palabras. La sujetó por los desnudos hombros y miró fijamente sus verdes ojos.
—¡No te vayas, Lithaël, te lo ruego! Todavía no partiremos hacia el Oeste, aunque me temo que pronto habrá de ser así. Sólo he venido a comunicarte mis inquietudes.
—¡Aparta miserable Atlante! —le gritó la joven, al tiempo que se retiraba de Lenzias.
—¡Lithaël, por los Siete Señores del Caos! —exclamó el rubio inmortal mientras volvía a acercarse a ella, intentando agarrar sus manos—. Tan sólo te he pido que me acompañes y que protejas mis confidencias, pues de ellas dependen la vida de Ludwen, y la mía.
—Está bien, Lenzias, seré toda oídos mientras alcanzamos el mirador.
Los ánimos de la joven parecieron enfriarse por unos instantes, conforme continuaban subiendo por la empinada pendiente. Ahora, sin embargo, Lithaël se negaba a soltar la mano derecha del Príncipe, y Lenzias accedió al capricho de la mujer mientras él siguió hablando.
—Tu querido primo se está beneficiando de la Regencia que le han otorgado los ancianos para apoderarse del Reino de Wálattan, siento decirlo, Lithaël, que en perjuicio tuyo. Cuando compre a la totalidad del Consejo, y a los Capitanes de la tropa, tramará alguna artimaña oscura para emprenderla contra Ludwen y contra mí. En sus ojos he visto sus fatales propósitos. Desea nuestra muerte antes que nada, y lo conseguirá si no huimos antes de estos bosques.
—¿Huir? ¡Lenzias, no puedes evaporarte como si nada!
Lithaël detenía el paso, completamente alterada por las palabras que acababa de pronunciar el Atlante. Agarró la siniestra de Lenzias y lo miró con los adolescentes ojos de una enamorada.
—Es algo que debemos asumir ambos —dijo Lenzias.
—¿De verdad estás tan seguro?
A la irónica pregunta de Lithaël, que sonreía misteriosamente, Lenzias respondió con un preocupante silencio. Mientras proseguían hacia el enterramiento, Lithaël volvió a dirigirse al Atlante hablando entre dientes.
—Moriría de tristeza si te vas, y bien que lo sabes. No puedes marchar y dejarme así, Lenzias, después de todo lo que hemos vivido juntos.
Lithaël volvió a cruzarse ante el rubio Príncipe, e intentó abrazarlo en la parte final del ascenso al ansiado lugar. Sobresaltado, el Atlante se apartó de ella, pues no quería hacerla sufrir con sus palabras y actos; y con un porte de hielo, el hijo de Adonás rechazaba a la Thartsoida.
—¡Lithaël, tienes que aceptar que ha de ser así! El Mariscal Ludwen y yo, ya hemos retrasado nuestra marcha en demasía, por intentar averiguar en vano el misterio de la Maldición que se cierne en torno a Zúnder. A pesar de que intuimos el significado de su oscuro poder, no hemos obtenido nada convincente, y alarmante es que la Espada se haya perdido. Además, hemos recibido noticias de que muchos de los nuestros están perdiendo la esperanza y comienzan a marchar hacia las costas para partir al Oeste. Querida Lithaël, pronto llegará mi turno y también tendré que abandonar estas tierras. Ese es mi triste destino. Por eso, prefiero olvidar todo esto ahora, que arrastrar mi dolor eternamente.
Las lágrimas comenzaron a brotar de los grandes ojos de Lithaël, haciéndolos brillar más que el decadente Sol tras las Inquebrantables. Era cierto que el Atlante la amaba, al igual que ella a él, pero, reticente a demostrarlo, continuó ascendiendo hasta aquel hermoso balcón natural, donde se alzaba el Túmulo de los Reyes Thartsoidas. Y, ante sus antepasados, Lithaël sacó fuerzas de flaqueza y, desesperada, lanzó su última acometida.
—¡Lenzias, si te vas, me voy contigo!
—¡Pero!, ¿qué locura afecta a tu cabeza? ¡Lithaël, no puede ser así! ¡Nunca podrá ser así!
En ningún momento, el Atlante intentó esperanzar a la joven, y aún así, ella volvió a tomar las manos del Príncipe para suplicarle una última vez.
—¡Por favor, querido Lenzias, no puedo hacerme a la idea de una vida sin ti!
—¡Basta, Lithaël, esto está yendo demasiado lejos!
Lithaël sintió el desprecio de Lenzias y se dirigió hacia los límites del mirador. Se sentó sobre la balaustrada de piedra, situándose de espaldas al bosque de Wálattan, que se perdía de vista bajo la inmensidad azul, y comenzó a asumir aquella triste realidad.
—Siempre has estado a mi lado, desde el día en que te vi por primera vez, subido a tu caballo, entrando triunfante por las Puertas del Río. Jamás conocí a mis padres, y tú, al menos, has sido lo único que he recibido de Ewodén.
Lenzias se escondió unos instantes detrás de un reflexivo silencio. Cuando por fin parecía que el Atlante iba a tener algún gesto compasivo con Lithaël, su testarudez le hizo hablar.
—¿Lo único que has recibido de Ewodén? ¿Y qué he recibido yo? ¡Tan sólo contrariedades entre los de tu familia, y desconfianza por parte de mi padre, pues su inquietud se acrecienta cuanto más tiempo permanezco en estas tierras, y aún continúo sin conseguir la respuesta a tantas preguntas! ¡Lithaël, no tenemos nada más de lo que hablar!
Pareció enfurecido el Atlante, mientras enmascaraba sus dolorosos sentimientos. Sin duda, estaba dispuesto a marchar, y lo intentó, cuando Lithaël cambió la historia, y se decidió a revelarle el mayor de sus secretos.
—¡Lenzias, aguarda!
—¡Qué sucede!
—¿Recuerdas los Manuscritos que faltaban acerca de la Coronación del Rey Feinel?
—¡Sé que faltan unos Manuscritos, pero no puedo recordarlos porque jamás los leí! ¡No sé qué pretendes!
Lenzias la miraba fijamente, intentando aclarar alguna sospecha sobre la omisión de aquellos sucesos de la Historia del pueblo de Wálattan. Pero ya había dicho todo lo que tenía que decir y se dispuso a seguir bajando.
—Pues, si te siguen interesando esos documentos, has de saber que los poseo yo.
Lithaël le volvió la cara, perdiendo su mirada en el bello paisaje. El suave viento del sur hacia que sus largos cabellos negros volasen, mientras Lenzias la contemplaba con una mezcla de satisfacción e irritación, reflejada en sus lacrimosos ojos.
—¿Por qué nos ocultaste ese Manuscrito Lithaël? ¿Por qué, tras saber de nuestro urgente interés, no nos dijisteis nada durante estos tres años perdidos, en los que hemos desesperado buscando la respuesta a tanta maldad?
—Tengo mis razones.
—¡Pues, quizá, si nos los hubieses entregado en su momento, se podría haber evitado toda esta adversa situación que ahora nos afecta, no sólo a nosotros, sino, lo peor de todo, a nuestros propios pueblos!
La palabra solemne de Lenzias descorazonó a Lithaël. El Atlante la giró con sus propios brazos, y ella prosiguió con sus excusas, mientras lo miraba cariacontecida y hermosa.
—¡Ay, Lenzias, es una larga historia!
—¡Pues será mejor que comiences a hablar antes de que sea tarde, y ya haya partido a la Ciudad Blanca!
—Está bien, te contaré algo que prometí no sacar a la luz durante el resto de mis días. Todo comenzó cuando tuve la oportunidad de leer esos Manuscritos por primera vez. Desde niña, siempre me había interesado el pasado de mi pueblo. Quizás por averiguar algo sobre mis padres, por recordarlos. O, tal vez, debido a mi condición de futura Reina; con la intención de aprender y hacer las cosas bien cuando llegase mi momento. Según la versión de los escribas que trabajaban en la Biblioteca, una anciana mujer, tras la inminente invasión de los Salvajes adoradores del Dragón Negro, se acercó hasta Kalariam y cedió los Manuscritos a la Corona, justo antes de morir mi abuela Falasia. Entonces, cuando comencé a tener uso de razón, emprendí la lectura de esos legajos, los mismos que también ustedes pudisteis estudiar. Decidí guardarlos a buen recaudo, a pesar de que intenté destruirlos en varias ocasiones. Al parecer, esa mujer era hija de Phármako, el ayudante del Curandero Tálat, escritor de los últimos documentos, en tiempos en los que ya había muerto su maestro en las artes sanadoras.
—¡Pero, Lithaël!, ¿qué dicen esos escritos? ¿Podría verlos?
—En esos papiros se narran hechos espeluznantes acerca de lo que Ludwen y tú ya conjeturabais. Decidí eliminarlos del conjunto que componen esa parte de la Historia de mi pueblo, pues todo lo que se relacionaba con aquel Dragón y sus lacayos, debía de quedar olvidado para siempre de la memoria de estos bosques.
—¿Acaso creías que ocultando la verdad eliminarías el mal que nos ha estado acechando durante todo este tiempo? Lithaël, ¿me permitirías echarles un vistazo?
—¡Lenzias! ¿Me estás tomando el pelo? ¿Crees que soy una niña? ¿Piensas que volveré a rendirme ante tus encantos, y que te los entregaré sin más? ¡Iluso, si de veras pretendes examinar esos Manuscritos deberás llevarme a la Ciudad Blanca contigo y, ante tu padre, el Rey Adonás, los podremos leer juntos! ¡Pues, conociendo ahora, y más que nunca, tus verdaderos intereses, te contaré cuál es el mío! ¡Conocer la verdad sobre esa Espada!
—¡Está bien, Lithaël, si es esa tu voluntad, regresaremos a mi casa y podrás acompañarnos! Avisaré a Ludwen, y él lo dispondrá todo para la partida. Pero has de saber que, si nos acompañas, Aërbol te acusará de traición, y difícilmente podrás recuperar tu Reino. En mis recuerdos, aún tengo fresca la experiencia vivida por tu padre.
—En estos instantes, no me importan esas circunstancias. El día que obtenga la mayoría de edad regresaré y seré Reina, aunque tenga que permanecer en el mismo río de los Desterrados hasta ese momento.
Lithaël daba la sensación de estar poco convencida de las palabras que salían por sus bellos labios. Pero la decisión ya había sido tomada, y esa conversación en el Túmulo de los Reyes de Kalariam se tornó un hecho.