MONTAÑAS NANDURÚN

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miércoles 9 de abril de 2008

PUERTOS DEL SUROESTE

En el instante del más que anunciado adiós, hubo agradecimientos y abrazos para Gloróndil, el Mestizo; sin embargo, nunca fueron los Puertos del Suroeste parajes donde imperase la felicidad. Y tampoco la hubo cuando las divinidades Atlantes y los mortales Thartsoidas arribaron a su anhelado destino, después de haber caminado, navegado y combatido juntos no solo durante los últimos diecinueve días.
Dispuesto a arrumbar hacia las lejanas tierras de Poniente, Varandal, el Último Barco, permanecía amarrado en los Puertos del Suroeste. Pues así llamaban los Hijos de Thartso a Lun-Gándred, embarcadero construido en la Bahía de Piedra; amplia ensenada formada por la desembocadura del río Pedregoso, en las costas occidentales de la Atlante Emergida.
Los inmortales Hijos de Ekronón que allí se congregaron no contemplaban los alisados horizontes del océano desde hacía más de doscientos años; momento en el que emigraron a las montañas Nandurún, a través del curso del Anas, buscando refugio ante el destructivo Estruendo. Los mortales Hombres siguieron los pasos de los Atlantes, pero habían tenido que transcurrir nueve generaciones de los Hijos de Thartso, hasta que los primeros regresaron al que fue el hogar de sus antepasados.
Sin tiempo para más, los que emprendían una nueva y desconocida travesía, eran invitados a seguir los pasos del Almirante Lazus; pues Varandal les esperaba para surcar las aguas del Mar Eterno. Por su parte, los Thartsoidas retornaban al Norte, a Wálattan, a la funesta guerra.
Sin embargo, había uno entre los viajeros que aún dilucidaba cuál sería su nuevo rumbo, el Mariscal Ludwen; aunque esas aventuras, desventuras y amoríos, por el momento, no serán contadas. La historia de Ludwen y los Thartsoidas, comienza con anterioridad al nacimiento del Mestizo; en concreto, cuando el Atlante abandonó el humilde hogar de su padre, cincuenta y tres años atrás de los hechos relatados.

sábado 5 de abril de 2008

UN PASO MÁS...

LIBRO 1: EXILIO ATLANTE (360 páginas)

Se trata del primer libro de una saga de aventuras fantásticas, Exilio Atlante. Narra un largo periodo de tiempo en el que el Príncipe Lenzias y el Mariscal Ludwen, Atlantes inmortales, se alían con el Rey Thartsoida Ewodén, en lo que significará una larga lucha contra las fuerzas del Mal, representadas por el Dragón Negro Zórnak, que busca alzarse con el poder en la Atlante Emergida a través de la maléfica Espada Zúnder.

La novela presenta ecos de de las grandes sagas épicas del ciclo artúrico, así como de las obras de Tolkien y G.R.R. Martin. Sin embargo, en la gran coherencia constructiva de un mundo propio y, sobre todo, en un lenguaje apropiado y preciso –en el que, no obstante, encontramos ciertas expresiones un tanto anacrónicas como “estar pirado” o “machismo”, logra construir una novela con referencias propias, sin recurrir a los acostumbrados tópicos de la narrativa fantástica.

A lo largo de texto, abundan extensas narraciones del pasado de los Ekronoidas y los Thartsoidas, de la Atlante Emergida y de los grandes desastres causados por la indignación de los Dioses, así como canciones poéticas que vuelven a recordarnos las obras de citada referencia, pero incluidas dentro de la narración acertadamente para conseguir resonancias épicas y a veces trágicas del relato.

Destacan por su fuerza dramática, momentos como el asesinato de Altacir a manos de su hijo Aërbol, o la historia de amor entre Lenzias y Lithaël, destinada a un trágico fin por sus respectivas condiciones de inmortal y mortal. También resulta apreciable la imaginación desplegada por el autor a la hora de bautizar a sus personajes y los distintos lugares que conforman la Atlante Emergida, incluidos aquellos que, como la Reina de Tuxacci, tendrán mayor importancia en libros posteriores.

La capacidad evocadora de las descripciones, especialmente en la travesía hacia la Ciudad Blanca, y ciertos elementos inquietantes de los que se espera una futura resolución – los músicos Cuerno de Mamut – hacen que en todo momento el lector permanezca atento al devenir de los acontecimientos.

En resumen, se trata del comienzo de una saga fantástica que cumple con brillantez todos los elementos del género sin caer en tópicos, bien resuelta estilísticamente y que mantiene el interés durante toda su lectura, hasta el punto de esperar la conclusión de la saga en posteriores lecturas.
Editor.

viernes 4 de abril de 2008

PRINCIPIO CAP.10 - BAJO EL REINADO DEL TÍTERE

Las semanas posteriores a la coronación de Aërbol transcurrieron bajo una agónica y creciente tensión en el Reino de Wálattan, mientras luz de los días se hacía más duradera y el calor incrementaba con la llegada de los vientos del Cangrejo.

El nuevo Regente, nada más subir al poder, no dudó en hacer una limpieza de los elementos que su padre dejó al morir. Con el paso del tiempo, uno a uno, fue cambiando a todos los Consejeros del Rey, y colocando a amigos personales, soldados y mercenarios. A su hermano Acaëcio, para tenerlo contento, pero engañado, lo nombró Capitán General del Ejército, con lo que ese cuerpo parecía tenerlo controlado.

A lo largo de aquellas lunas, todo lo relacionado con la Regencia de Aërbol, Lenzias lo estaba siguiendo al detalle. Y, ciertamente, el esquizofrénico comportamiento del joven Thartsoida le preocupaba bastante. El temor a que el nuevo Regente pronto tomara represalias, en contra de Ludwen y de él, le aprisionaba el pecho, y sabía que su estancia entre los Hijos de Thartso se alargaría por poco tiempo.

Uno de aquellos atardeceres, Lenzias montó a Lazet y se dirigió hasta Kalariam para hablar con la Princesa Lithaël. La buscó en la Torre de Feinel y se dirigió a ella.

—¡Lithaël!, ¿te apetece que paseemos juntos hacia el Túmulo de los Reyes?

—Por supuesto, querido Lenzias.

La joven accedió sin vacilar, indudablemente no tenía pegas en abandonar aquellos fríos muros, entre los que vivía sin apenas distracciones de ningún tipo.

Entonces, ambos montaron a lomos de Lazet, cruzaron la Ciudad-Fortaleza y también las Puertas del Río. En el alto puente sobre el río Fílestrom, Lenzias decidió que desmontaran, para continuar caminando y así dirigirse plácidamente sendero arriba.

—¿Qué importante pretexto ha hecho que vengas a verme, después de casi un año sin saber de ti? —preguntó la joven morena—. Durante todo este tiempo pensé que habíais regresado a vuestro hogar, a no ser por las habladurías que se escuchan.

—¿Qué habladurías?

—He oído que Ludwen y tú os dedicáis a adiestrar a los niños en el antiguo Templo de Olatria.

—Eso es cierto, Princesa. Nos entristece que vuestras tradiciones se estén perdiendo.

—Es de agradecer el interés de los Atlantes porque nosotros, salvajes y mortales, no perdamos nuestras centenarias tradiciones. Pero, querido Lenzias, enclaustrada tras los muros de Kalariam, tengo la sensación de que cuando hablan de ustedes, se refieren a fantasmas del pasado —terminó la Princesa, cuando sus verdes ojos ya se habían abrillantado.

—Tranquilízate, Lithaël, no debes estar triste. La situación se ha complicado tras la pérdida de tu tío Altacir. Desde hace tiempo atrás, conoces el por qué de nuestra presencia entre ustedes, pero el cometido por el que Ludwen y yo vinimos hasta Wálattan aún sigue lejos de nuestro alcance. Por lo tanto, has de comprender que el tiempo se nos está acabando.

Hasta ese momento, ambos caminaban a la par, pero Lithaël se detuvo al escuchar las preocupantes palabras que salían por boca del Atlante. Aunque no sería aquel el momento en el que la Princesa Thartsoida titubease en sus palabras.

—Ah, entiendo, tan sólo has venido a despedirte.

Lenzias se volvió hacia ella por un instante. Sabía que aquel iba a ser el adiós definitivo entre ambos. No hubo miradas de odio antes de que el Atlante se girase de nuevo, y continuase con la ascensión hasta el Túmulo de los Reyes. Y, pareciendo querer convencerse a sí mismo, le dijo la verdad.

—Así es, mi padre nos reclama desde la Ciudad Blanca.

Nuevamente, Lithaël se detenía en seco, asintiendo con movimientos gestuales, evidenciando síntomas de encontrarse enojada, mientras aguardaba a que Lenzias rompiera aquel punzante silencio.

—¡No pienso continuar caminando, Lenzias! ¡Di lo que tengas que decir, pues regreso a la Torre...!
Al instante, el Atlante se acercó presto hasta la joven y la interrumpió en sus palabras. La sujetó por los desnudos hombros y miró fijamente sus verdes ojos.

—¡No te vayas, Lithaël, te lo ruego! Todavía no partiremos hacia el Oeste, aunque me temo que pronto habrá de ser así. Sólo he venido a comunicarte mis inquietudes.

—¡Aparta miserable Atlante! —le gritó la joven, al tiempo que se retiraba de Lenzias.

—¡Lithaël, por los Siete Señores del Caos! —exclamó el rubio inmortal mientras volvía a acercarse a ella, intentando agarrar sus manos—. Tan sólo te he pido que me acompañes y que protejas mis confidencias, pues de ellas dependen la vida de Ludwen, y la mía.

—Está bien, Lenzias, seré toda oídos mientras alcanzamos el mirador.

Los ánimos de la joven parecieron enfriarse por unos instantes, conforme continuaban subiendo por la empinada pendiente. Ahora, sin embargo, Lithaël se negaba a soltar la mano derecha del Príncipe, y Lenzias accedió al capricho de la mujer mientras él siguió hablando.

—Tu querido primo se está beneficiando de la Regencia que le han otorgado los ancianos para apoderarse del Reino de Wálattan, siento decirlo, Lithaël, que en perjuicio tuyo. Cuando compre a la totalidad del Consejo, y a los Capitanes de la tropa, tramará alguna artimaña oscura para emprenderla contra Ludwen y contra mí. En sus ojos he visto sus fatales propósitos. Desea nuestra muerte antes que nada, y lo conseguirá si no huimos antes de estos bosques.

—¿Huir? ¡Lenzias, no puedes evaporarte como si nada!

Lithaël detenía el paso, completamente alterada por las palabras que acababa de pronunciar el Atlante. Agarró la siniestra de Lenzias y lo miró con los adolescentes ojos de una enamorada.

—Es algo que debemos asumir ambos —dijo Lenzias.

—¿De verdad estás tan seguro?

A la irónica pregunta de Lithaël, que sonreía misteriosamente, Lenzias respondió con un preocupante silencio. Mientras proseguían hacia el enterramiento, Lithaël volvió a dirigirse al Atlante hablando entre dientes.

—Moriría de tristeza si te vas, y bien que lo sabes. No puedes marchar y dejarme así, Lenzias, después de todo lo que hemos vivido juntos.

Lithaël volvió a cruzarse ante el rubio Príncipe, e intentó abrazarlo en la parte final del ascenso al ansiado lugar. Sobresaltado, el Atlante se apartó de ella, pues no quería hacerla sufrir con sus palabras y actos; y con un porte de hielo, el hijo de Adonás rechazaba a la Thartsoida.

—¡Lithaël, tienes que aceptar que ha de ser así! El Mariscal Ludwen y yo, ya hemos retrasado nuestra marcha en demasía, por intentar averiguar en vano el misterio de la Maldición que se cierne en torno a Zúnder. A pesar de que intuimos el significado de su oscuro poder, no hemos obtenido nada convincente, y alarmante es que la Espada se haya perdido. Además, hemos recibido noticias de que muchos de los nuestros están perdiendo la esperanza y comienzan a marchar hacia las costas para partir al Oeste. Querida Lithaël, pronto llegará mi turno y también tendré que abandonar estas tierras. Ese es mi triste destino. Por eso, prefiero olvidar todo esto ahora, que arrastrar mi dolor eternamente.

Las lágrimas comenzaron a brotar de los grandes ojos de Lithaël, haciéndolos brillar más que el decadente Sol tras las Inquebrantables. Era cierto que el Atlante la amaba, al igual que ella a él, pero, reticente a demostrarlo, continuó ascendiendo hasta aquel hermoso balcón natural, donde se alzaba el Túmulo de los Reyes Thartsoidas. Y, ante sus antepasados, Lithaël sacó fuerzas de flaqueza y, desesperada, lanzó su última acometida.

—¡Lenzias, si te vas, me voy contigo!

—¡Pero!, ¿qué locura afecta a tu cabeza? ¡Lithaël, no puede ser así! ¡Nunca podrá ser así!

En ningún momento, el Atlante intentó esperanzar a la joven, y aún así, ella volvió a tomar las manos del Príncipe para suplicarle una última vez.

—¡Por favor, querido Lenzias, no puedo hacerme a la idea de una vida sin ti!

—¡Basta, Lithaël, esto está yendo demasiado lejos!

Lithaël sintió el desprecio de Lenzias y se dirigió hacia los límites del mirador. Se sentó sobre la balaustrada de piedra, situándose de espaldas al bosque de Wálattan, que se perdía de vista bajo la inmensidad azul, y comenzó a asumir aquella triste realidad.

—Siempre has estado a mi lado, desde el día en que te vi por primera vez, subido a tu caballo, entrando triunfante por las Puertas del Río. Jamás conocí a mis padres, y tú, al menos, has sido lo único que he recibido de Ewodén.

Lenzias se escondió unos instantes detrás de un reflexivo silencio. Cuando por fin parecía que el Atlante iba a tener algún gesto compasivo con Lithaël, su testarudez le hizo hablar.

—¿Lo único que has recibido de Ewodén? ¿Y qué he recibido yo? ¡Tan sólo contrariedades entre los de tu familia, y desconfianza por parte de mi padre, pues su inquietud se acrecienta cuanto más tiempo permanezco en estas tierras, y aún continúo sin conseguir la respuesta a tantas preguntas! ¡Lithaël, no tenemos nada más de lo que hablar!

Pareció enfurecido el Atlante, mientras enmascaraba sus dolorosos sentimientos. Sin duda, estaba dispuesto a marchar, y lo intentó, cuando Lithaël cambió la historia, y se decidió a revelarle el mayor de sus secretos.

—¡Lenzias, aguarda!

—¡Qué sucede!

—¿Recuerdas los Manuscritos que faltaban acerca de la Coronación del Rey Feinel?

—¡Sé que faltan unos Manuscritos, pero no puedo recordarlos porque jamás los leí! ¡No sé qué pretendes!

Lenzias la miraba fijamente, intentando aclarar alguna sospecha sobre la omisión de aquellos sucesos de la Historia del pueblo de Wálattan. Pero ya había dicho todo lo que tenía que decir y se dispuso a seguir bajando.

—Pues, si te siguen interesando esos documentos, has de saber que los poseo yo.

Lithaël le volvió la cara, perdiendo su mirada en el bello paisaje. El suave viento del sur hacia que sus largos cabellos negros volasen, mientras Lenzias la contemplaba con una mezcla de satisfacción e irritación, reflejada en sus lacrimosos ojos.

—¿Por qué nos ocultaste ese Manuscrito Lithaël? ¿Por qué, tras saber de nuestro urgente interés, no nos dijisteis nada durante estos tres años perdidos, en los que hemos desesperado buscando la respuesta a tanta maldad?

—Tengo mis razones.

—¡Pues, quizá, si nos los hubieses entregado en su momento, se podría haber evitado toda esta adversa situación que ahora nos afecta, no sólo a nosotros, sino, lo peor de todo, a nuestros propios pueblos!

La palabra solemne de Lenzias descorazonó a Lithaël. El Atlante la giró con sus propios brazos, y ella prosiguió con sus excusas, mientras lo miraba cariacontecida y hermosa.

—¡Ay, Lenzias, es una larga historia!

—¡Pues será mejor que comiences a hablar antes de que sea tarde, y ya haya partido a la Ciudad Blanca!

—Está bien, te contaré algo que prometí no sacar a la luz durante el resto de mis días. Todo comenzó cuando tuve la oportunidad de leer esos Manuscritos por primera vez. Desde niña, siempre me había interesado el pasado de mi pueblo. Quizás por averiguar algo sobre mis padres, por recordarlos. O, tal vez, debido a mi condición de futura Reina; con la intención de aprender y hacer las cosas bien cuando llegase mi momento. Según la versión de los escribas que trabajaban en la Biblioteca, una anciana mujer, tras la inminente invasión de los Salvajes adoradores del Dragón Negro, se acercó hasta Kalariam y cedió los Manuscritos a la Corona, justo antes de morir mi abuela Falasia. Entonces, cuando comencé a tener uso de razón, emprendí la lectura de esos legajos, los mismos que también ustedes pudisteis estudiar. Decidí guardarlos a buen recaudo, a pesar de que intenté destruirlos en varias ocasiones. Al parecer, esa mujer era hija de Phármako, el ayudante del Curandero Tálat, escritor de los últimos documentos, en tiempos en los que ya había muerto su maestro en las artes sanadoras.

—¡Pero, Lithaël!, ¿qué dicen esos escritos? ¿Podría verlos?

—En esos papiros se narran hechos espeluznantes acerca de lo que Ludwen y tú ya conjeturabais. Decidí eliminarlos del conjunto que componen esa parte de la Historia de mi pueblo, pues todo lo que se relacionaba con aquel Dragón y sus lacayos, debía de quedar olvidado para siempre de la memoria de estos bosques.

—¿Acaso creías que ocultando la verdad eliminarías el mal que nos ha estado acechando durante todo este tiempo? Lithaël, ¿me permitirías echarles un vistazo?

—¡Lenzias! ¿Me estás tomando el pelo? ¿Crees que soy una niña? ¿Piensas que volveré a rendirme ante tus encantos, y que te los entregaré sin más? ¡Iluso, si de veras pretendes examinar esos Manuscritos deberás llevarme a la Ciudad Blanca contigo y, ante tu padre, el Rey Adonás, los podremos leer juntos! ¡Pues, conociendo ahora, y más que nunca, tus verdaderos intereses, te contaré cuál es el mío! ¡Conocer la verdad sobre esa Espada!

—¡Está bien, Lithaël, si es esa tu voluntad, regresaremos a mi casa y podrás acompañarnos! Avisaré a Ludwen, y él lo dispondrá todo para la partida. Pero has de saber que, si nos acompañas, Aërbol te acusará de traición, y difícilmente podrás recuperar tu Reino. En mis recuerdos, aún tengo fresca la experiencia vivida por tu padre.

—En estos instantes, no me importan esas circunstancias. El día que obtenga la mayoría de edad regresaré y seré Reina, aunque tenga que permanecer en el mismo río de los Desterrados hasta ese momento.

Lithaël daba la sensación de estar poco convencida de las palabras que salían por sus bellos labios. Pero la decisión ya había sido tomada, y esa conversación en el Túmulo de los Reyes de Kalariam se tornó un hecho.

miércoles 2 de abril de 2008

FINAL CAP.27 - OLAVEDNA REGADA DE SANGRE

A la mañana siguiente, la lluvia quiso darles una efímera tregua, pero el octavo día del Carnero nacía triste y gris, tal y como murió el anterior. Ya estaban cerca, Lenzias y Ludwen casi podían oler las saladas aguas del Mar Eterno desde la distancia. Una y otra vez se lo repetía el Príncipe a Lithaël, y el Mariscal a los soldados, con el propósito de animarles en aquella nueva jornada de viaje.

Pronto reiniciaron la marcha, hacia el Suroeste, siguiendo en paralelo a aquella línea montañosa que se extendía a su derecha. Una fina e intermitente lluvia comenzó a aguar el paisaje; aun así, con el transcurso del rápido avance matinal, los Thartsoidas ladearon modulados cerros resbaladizos teñidos de verde y barro, ascendieron por sus vertientes para no perder la orientación, y descendieron hasta profundos barrancos para cruzar arroyos envalentonados.

El mediodía se les echó encima, aunque no era el calor del Sol el que laureaba su valiente avance, sino la llovizna que les había acompañado desde la alborada, que ahora se tornaba en un grave aguacero. De lance en lance, la maldita Zúnder se había plantado en los límites meridionales de la sierra, donde Ludwen pudo observar un pequeño bastión alzado en uno de los postrimeros cerros, que hegemónico descollaba en las Nandevalún. Así, durante dos largos, tristes y agotadores días, desde que se despidiesen de los Pamowos en el Karawis Alto, los viajeros se aproximaban al poblado de Piedra Albina, a caballo entre Olavedna y las Tierras Silvestres, las que se extendían entre el suroeste de las montañas y la Boca del Anas.

―¡Mirad! ―exclamó el Mariscal mientras señalaba hacia la ladera de un cerro.

―¡Un sendero que parece encaminarse hasta Piedra Albina! ―comentó Gloróndil―. ¡Adelante Thartsoidas, ya estamos cerca!

Bajo la tormenta, los nueve jinetes arrearon a los caballos, y los caminantes soldados se vieron obligados a apretar el paso, en una carrera desenfrenada a través de grandes hierbas empapadas hasta encontrarse con la vereda. Cuando el caballo de Ludwen irrumpió en aquel enfangado macadán, el Atlante se encontró con una desconcertante sorpresa. Por el camino discurrían marcadas huellas de carros y de ganadería, señal de la evidente ocupación de aquellas tierras tras el último gran cataclismo.

Cuanto más se aproximaban a aquella elevada y oscura construcción encumbrada sobre el mediano altozano, que destacaba por su alta y única torre abrazada por un basto recinto amurallado, las cabañas y sembrados comenzaron a repartirse a ambos lados del camino, que curveó hacia el oeste para adentrarse en un pequeña cañada escoltada por dos cerros alargados.

La tierra estaba bien aprovechada por aquellos Hijos de Thartso que les mencionó Soiral. Los Piedralbinos cultivaban toda clase de productivos árboles, como frutales, encinas, acebuches, alcornoques o castaños, en lo que era una dehesa laborada por ellos de cabo a rabo. Un complejo sistema de regadíos servía para empapar la tierra, mediante canales cavados en el suelo y revestidos de piedra, que descendían desde lo alto de las colinas y se distribuían por las distintas fincas y sembrados, propiedades claramente delimitadas por gruesos mojones.

El hediondo olor de las aguas estancadas en las canalizaciones, removidas por la incesante lluvia, no tardó en quedar disimulado por otro aroma aún más pestoso, el provocado por los excrementos de grandes y extrañas bestias. Sobre el margen meridional del camino, los mortales divisaron seres jamás contemplados por sus ojos. No era el caso de Ludwen y Lenzias que, desde tiempos inmemoriales, ya tenían conocimiento de aquellas idolatradas reses astadas.

―¡Toros! ―señaló el primogénito de Adonás.

La manada pastaba arrejuntada bajo un encinar, dentro de un gran encerrado construido con troncos y ramas de eucaliptos. Al percibir el paso de los caballos, algunos de esos mamíferos rojizos o de un intenso color negro, resoplaron contra la cerca, mostrándoles sus enormes cráneos y los dos prominentes y amenazantes cuernos que de ellos resalían.

Con el transcurso del avance, los primeros habitantes de aquellos territorios aparecían desde el oscuro interior de frágiles cabañas y granjas, pues bajo la incesante lluvia, que aumentaba por momentos, ninguno en su sano juicio estaba trabajando la empapada finca. Insólitamente, no se escondían de aquellos Caballeros armados, ni parecían asustados por la presencia de aquella tropa extranjera, que atravesaban sus tierras; sino que los miraban extrañados, tal vez preguntándose por sus indumentarias o procedencia.

A pocas carreras de Piedra Albina, a Atton se le apeteció sentarse en la hierba y plasmar aquel parvo poblado. Sencillos inmuebles de pizarra y adobe encalado, techados con finos maderos, se extendían por las laderas del mediano cerro, marcando el camino que ascendía hasta la pétrea fortificación alzada en lo más alto. En su interior, se elevaba una robusta atalaya de la que colgaba un pendón turquesa de bordes dorados, simulando danzantes llamas con el ondeo provocado por el céfiro. Aquella lona tenía bordada una bella y blanca joya ovalada.

―¡Thartsoidas, hemos llegado a Piedra Albina! ―comunicó Ludwen, con el constante empeño de levantar a los soldados.

Casi doscientos años después del Estruendo, el Atlante confirmaba sus últimas dudas sobre la posibilidad de encontrar poblaciones y clanes de Hombres establecidos en los antiguos dominios Ekronoidas.

martes 1 de abril de 2008

FRAGMENTO CAP.25 - EN EL REINO DEL DRAGÓN BLANCO

El tiempo transcurrió rápido en medio de tan amena conversación y el rostro cansado de la anciana Lithaël ya era palpable por todos.

―Mi Señora Lithaël ―dijo la hermosa y morena Yanara―, ¿por qué no me acompaña hasta una alcoba que le tenemos preparada para su perfecto descanso?

La anciana accedió sin dudarlo y se levantó de la mesa. La Reina de Pamowo agarró a Lithaël y juntas caminaron hacia una puerta que se comunicaba con otra oquedad, en el lateral derecho de las escalinatas del Trono.

―¡Está bien, no voy a andarme con rodeos! ―exclamó Soiral incorporándose, y su rostro se torno serio de verdad, por primera vez desde que los Thartsoidas entraron en su Casa―. Ahora que somos los que tenemos que estar, sin menospreciar a nuestras Señoras, ni a vuestros Capitanes, tengo nuevas sobre las que informaos; buenas y malas. Sé de vuestra escapada del bosque de Wáhadull, y de todo lo sucedido antes y después del ataque de las hordas de ese traidor de Kalión.

―¿Qué ocurrió finalmente con el regimiento Xerpa? ―preguntó impacientado el Mestizo.

―Tranquilo, joven sobrino, dos de mis Drákares se presentaron la pasada madrugada en el fragor de la contienda: el Wadiam y el Kaowan. Los guerreros Xerpas, gracias a la ayuda de mis soldados, recuperaron sus posiciones perdidas.

El Rey Gloróndil suspiró al recibir aquella nueva esperanzadora.

―Pero, comenzaré desde el principio ―continuó el Rey del Dragón Blanco―. Los peligrosos seguidores de Kalión, como ya comprenderéis, traidores que conspiraron contra mi persona mucho tiempo atrás, constantemente han de ser acechados desde la distancia por nuestras fuerzas. Sabíamos que habían cruzado a la orilla occidental del Wéndel en persecución vuestra, y no sumidos en una de sus ofensivas contra los Xerpas. En fin, tengo que deciros que muchos de los Demonios Alzados que pisaron aquella zona del bosque jamás regresaron con vida al este.

―¿Qué aventurado espía os reveló esa información? ―interrumpió Gloróndil.

―Yanara.

―¿La Reina Yanara? ―preguntó sorprendido Ludwen.

―Mi esposa supo de las intenciones de Kalión con anterioridad a que intentase emboscaros. En su fina Corona plateada destaca un bello zafiro azul índigo. Desde que existe el Reino de Pamowo, Yanara ha desarrollado un Don excepcional relacionado con esa piedra. Es conducida por caminos de visión interna y por eso tiene el poder de la videncia y otras facultades aún ignoradas por muchos de nosotros. Al enterarme de esa posibilidad, avisé a dos de mis Almirantes, y sus drákares irrumpieron en el fragor del combate entre Kalión y los Xerpas.

―¡Cómo me alegro de oír esas palabras! ―suspiró el Mestizo.

―No me preocupa Kalión ―dijo Soiral―, ni las ratas que lleva como guardia personal, sino lo que se ha despertado más al norte del Zírkato. Me refiero a Zórnak, el Dragón Negro. Desconozco qué le ha incitado a sobrevolar mis dominios.

―¡Zórnak! ―mil cosas pasaron por la cabeza del Mestizo.

―Además, mis soldados han rescatado de manos de los traidores a un Hombre que dice llamarse Wállack.

El rostro del Rey Gloróndil cambió radicalmente.

―¿Wállack, el Músico? ―preguntó Ludwen.

―Mis oficiales pensaron que Wállack era uno de los componentes de vuestra compañía, tal vez retenido a la fuerza por el enemigo. Siguieron a los perjuros hasta rescatarle de sus indignas manos.

―¿Cómo habrá podido llegar tan lejos? ―preguntó Gloróndil―. Si no mal recuerdo, lo dejamos allá en la Ciudad Blanca, junto a sus dos hermanos. Eran Thartsoidas, y sólo les permití llegar hasta allí.

―¡Te equivocas Gloróndil! ―interrumpió Ludwen―. En el Paso Secreto percibí que nos estaban siguiendo en la oscuridad. ¿O acaso no recuerdas ruidos y voces que provenían de galerías que ya habíamos dejado atrás?

―Ahora recuerdo tu mención a tales sonidos ―respondió el Mestizo―. Aún así, me parece increíble que hayan podido llegar hasta Wáhadull.

―Con gran destreza, astucia y disimulo nos debieron seguir a través del paso subterráneo y de las tierras que nos llevaron hasta el Wéndel ―aportó convencido Lenzias―. Aunque, no logro entenderlo. ¿Cómo lograrían adentrarse en las Nandurún, si ni siquiera muchos de los Atlantes Blancos conocen la recóndita entrada al Paso Secreto? ―terminó el Príncipe preguntándose, ante la atónita mirada de los demás, cuando de nuevo el Rey Soiral continuó exponiendo la complicada situación.

―Según Wállack, los soldados de Kalión les capturaron y sus hermanos murieron, victimas de los azotes y los letales golpes recibidos. El único que salió vivo fue él, aunque también le maltrataron mientras le preguntaban por ti, Gloróndil ―el rostro del Mestizo se desompuso―. Desconozco qué llegó a decirles, pero esas respuestas han debido llegar rápido a oídos de Zórnak, que no ha tardado en sobrevolar las inmediaciones de Wáhadull y las costas orientales del Mar de Wéndel ―terminó con preocupación Soiral y los viajeros quedaron en silencio ante la gravedad de aquellas palabras.

―Siento haber puesto en peligro a vuestro pueblo, Rey Soiral ―dijo Gloróndil con resignación―. Si hubiese imaginado el mal que os habría podido ocasionar, jamás hubiésemos tomado este camino.

―¿Qué mal? ¡No, querido sobrino, no debes preocuparte! Estas orillas están bien protegidas. El Dragón Zórnak no puede arriesgarse a un ataque en solitario contra las tropas que aún me deben lealtad. Lo único que puede hacer es reagrupar a sus hordas de Hombres Salvajes de las Nandurún junto a sus aliados, entre ellos mi querido Kalión y los Hagortoidas del Zírkato, y preparar un ataque masivo por tierra. Pero aquí podremos defendernos bien. Necesitarían construir una flota, pero eso jamás se lo permitiré ―continuó Soiral, seguro de sí mismo, aunque sospechando que el Mestizo le estaba ocultando algo―. Querido Gloróndil, sé del gran poder de los Hijos de Darnes. Nosotros adoramos a uno de ellos, Wiraok, el Dragón Blanco, rebelado contra los Señores del Norte y aliado de los Ekronoidas en la lucha contra aquellos poderes oscuros. Pero, además, antes de morir a manos de su propio progenitor, nos dejó grandes conocimientos sobre sus hermanos.

Gloróndil no podía ocultar por más tiempo la verdad de todo aquello, se levantó, desenvainó su Bronce y lo mostró.

―Soiral te presento a Zúnder, la que atravesó el corazón de Daekrom a mano de mi antepasado Feinel.

La reacción de Soiral no se hizo esperar, sabía más de aquella cuestión de lo qué podía conocer el propio Rey Adonás.

―¡Y Zórnak, su vástago, quiere volver a recuperarla para hacerse más poderoso, pues en esta Espada está reflejada toda la ira de su predecesor, Daekrom! ―exclamó Soiral, al tiempo de rozaba el Bronce Thartsoida con sus grandes dedos―. Con ella entre sus garras ya no tendría temor por nada. Al menos, tenemos la certeza de que el Tridente Blanco está en manos de nuestro padre, pero si cayese en poder del Dragón, sería terrible su dominio sobre los pueblos libres de la Atlante Emergida. Debes ser cauto, Gloróndil, no es un latoncito lo que tienes entre las manos.

―¿Y si Zúnder desapareciese de su atención? ―preguntó el Mestizo, contemplando con ambición aquel brillante artilugio de matar―. ¡Destruirla o embarcarla en Varandal!

―Podrías destruirla, querido sobrino, pero Zórnak seguiría ensañado contigo y con los descendientes de Feinel. ¡Es el Dragón, Gloróndil, parece que aún no has comprendido el grandioso poder de esas bestias! Gracias a la goecia, para que me entiendas, las malas artes de la magia, puede actuar sobre el Hombre con su penetrante y malhechora voz, imprecándole de angustia, subyugándole el espíritu, y dominándole hasta hacer de él su siervo o incluso matarle al instante ―continuó Soiral mientras los demás guardaban silencio―. ¡Observa este anillo!

Soiral le mostró un bello anillo de oro, con un bonito sello referente a un Dragón abierto de alas y de perfil, mirando hacia la izquierda.

―Gracias a él ―continuó Soiral―, la teurgia, la magia blanca propia de mi padre, ha ido acrecentándose en mí hasta el día de hoy. Este anillo me une estrechamente al poder divino de la Diosa Madre, a través de la adoración de nuestro pueblo hacia Wiraok, el Dragón Blanco. Su bendición nos ayuda a reafirmarnos en nuestras acciones y juicios. Mi pueblo depende de este anillo, al igual que el pueblo Thartsoida depende de Zúnder. ¡Por tanto, no es la solución destruirla, sino alzar nuestras armas juntos y enfrentarnos a Zórnak! ―terminó sublime el Rey de Pamowo.

―¡Y a la vez matar a su vástago! ―saltó Lenzias.

―Eso es cierto ―corroboró Soiral.

―Incluso Adonás me ha dicho que esa es la solución más sensata, aunque pueda significar la oscura muerte ―dijo Gloróndil, mientras envainaba con resignación el bello Bronce―. Lo he pensado en multitud de ocasiones, y he tenido pesados sueños con el fatídico momento en el que Zórnak y yo nos encontramos. Aunque, ahora mismo, lo que me preocupa verdaderamente es poder llegar hasta Lun-Gándred, y que mis padres zarpen sanos y salvos. Pues, con cada paso que avanzamos hacia el sur, más peligroso y oscuro se tuerce nuestro camino. Espero que a nuestro regreso podamos forjar esa alianza que nos lleve hasta los mismos pies de la Montaña Negra, y así derrotar de una vez por todas a ese gusano. ¡Qué condena arrastro porque mi abuelo Ewodén no lo mató cuando recuperó a Zúnder de las mismas garras de Zórnak!

―Presiento entonces que vuestro paso por Pamowo será breve ―dijo Soiral.

―Mañana mismo partiremos ―dijo Gloróndil, recordando la mala fortuna de algunos de los Thartsoidas, en especial, y siempre en su mente, Aynur―. Me niego a prolongar por más tiempo el sufrimiento que todos portamos, desde los que estamos en esta sala, junto a mi querida madre, hasta los Hombres que nos han acompañado desde Wálattan. Muchos de nuestros amados compañeros y amigos han caído a lo largo de este viaje, y otros se han perdido, sin tan siquiera saber si nos volveríamos a ver.

―Si tanta premura tenéis, ¿por qué no vamos a ver a ese tal Wállack? ―preguntó Soiral mirando a todos―. Lo tenemos encerrado en una de nuestras mazmorras.

―¡Adelante, vayamos a ver lo que les ha podido contar a esos conspiradores de Kalión! ―respondió Gloróndil con energía.

―¡Édwad, que sepan los guardias que vamos a ir a hacer unas preguntas al Hombre que trajeron esta mañana desde Wáhadull! ―ordenó Soiral.

―¡Así será, Rey Soiral! ―el Consejero acató la orden y se adelanto a ritmo ligero por el pasillo que les devolvía al gran agujero de Tailwa.

sábado 22 de marzo de 2008

FINAL CAP.2 - BRONCÍNEA HERENCIA

—Yo, Adonás, sé muchas cosas que los Hombres jamás podréis llegar a conocer. La Atlante Emergida ha cambiado, Rey Ewodén; antes del cataclismo no era tal y como tú la conoces ahora. Los pueblos Atlantes que se expandieron por la Céltica, Iberia y Bereberia, así como por las costas del Mar Eterno y el Interior, se corrompieron con el poder y la ambición. La ira de la Tierra Madre, contra el emergente mal que se estaba alzando, produjo el Estruendo; el momento cero en el nuevo cómputo de tiempo, con el que comenzó la actual Edad Thartsoida. Los Reinos de mis inmortales hermanos, que me desobedecieron y participaron en esas campañas de maldad y de esclavitud hacia los Hombres, fueron destruidos por la fuerza suprema.

“Aquí, en la Atlante Emergida, se nos respetó temporalmente, y se nos permitió la culminación de nuestra obra; a pesar de que muchas de nuestras ciudades de la costa, al sur de estas tierras, entre las desembocaduras del Anas y el Atlante, no pudieron escapar a semejante destrucción. Aún así, fuimos advertidos y pudimos poner a salvo a nuestro pueblo, trayéndolo y refugiándolo en este nuevo hogar, el Reino del Norte. Pero, además de los Hijos de Ekronón, vosotros, los Hombres, y todos los seres que pueblan estas tierras, fuisteis elegidos por la Diosa Madre y se os otorgó una nueva oportunidad. Pues, si tú, Rey Ewodén, estás ahora aquí presente, es porque alguno de tus antepasados recibió el perdón divino, momentos antes del Estruendo. Pero, desafortunadamente, otros seres malignos, como es el caso de Zórnak, el Dragón, aprovecharon de su gran poder para instalarse en estas montañas; pues, el metal que brota con abundancia en nuestras minas, siempre ha sido el sinónimo del poder.

Adonás guardó silencio un instante bajo una penetrante mirada.

—¿Qué más desea saber el Rey de Wálattan?

—Mis deseos han sido satisfechos, Rey Adonás, excepto la premura por saber cuándo podré regresar a mi hogar —respondió Ewodén, con la única intención de partir cuanto antes.

Entonces, Adonás lo miró de nuevo con padecimiento, pues el Rey de Wálattan desconocía que su Reino estaba sumido en una nueva guerra, de la que no había posibilidad de escapar. Pero debía decirle la verdad, y así hizo.

—¡Rey Ewodén, abandonaste tu tierra ocho años atrás y Wálattan, tu Reino, ha cambiado desde que así lo hiciste! Además de la guerra que acecha sus fronteras, otra inminente amenaza se ha alzado desde el interior: tu hermano. Altacir, ante tu larga y confusa ausencia, te sustituyó en el Trono y expulsó a los Caballeros que aún te seguían siendo leales; proscribiéndolos bajo la pena de muerte. Aunque, puedo decirte, que muchos de los desterrados moran allende los lindes del bosque, en el norte.

“Tras el acantonamiento de Wálattan, dictaminado por tu hermano, se descuidó la frontera sur, por donde hordas de Hombres Salvajes provenientes de distintos focos meridionales de las Nandurún, han estado cruzando el río Ártakum, en oleadas incontenibles. Hace ya más de dos inviernos, Trákom, Atlante Oscuro y Capitán al mando de las hordas de Zórnak al este de la Montaña Negra, recibió órdenes de atacar el puesto fronterizo de Aárilas. Casi un millar de efectivos lo asediaron durante siete días y siete noches; y a pesar de la heroica defensa, la superioridad de los bárbaros hizo que aniquilasen a todos los Ártakos que allí quedaron amparando el empalizado enclave. Otros más afortunados pudieron huir bosque adentro y alertar a los Thartsoidas, precisamente a aquellos que les habían dado la espalda en tan crítico momento, entre los que se encontraban el Regente Altacir y sus hijos.

“Aárilas, tras una dura batalla, fue tomada por las numerosas tropas enemigas. Izaron sus ondeantes banderas rojas y alzaron sus estandartes encarnados, con la figura del Dragón Zórnak matizado en negro, en lo alto de las arruinadas construcciones. A partir de entonces, aquel puesto fronterizo se convirtió en la plaza fuerte de las hordas del Capitán Trákom. El lugar desde donde parten todas las incursiones sobre el bosque de Wálattan; internadas con las que los Hombres Salvajes de las Nandurún asolan, matan y queman todo lo que encuentran. Las empalizadas se han levantado de nuevo y nada me hace sospechar que los Thartsoidas podáis atacar y reconquistar la fortaleza desde el bosque. Bastante tiene el Regente Altacir con defender las aldeas que se desperdigan bajo los frondosos árboles de Wálattan.

“Las tropas leales a Altacir se han situado al oeste del río Fílestrom. Tus soldados aún pugnan contra las oscuras hordas de Zórnak que intentan alcanzar las principales poblaciones del bosque, con el único objeto de destruir Wálattan. Bajo el mando de algunos Atlantes Oscuros, los Hombres Salvajes están mejor armados y dirigidos, siendo también más cuantiosos que en anteriores incursiones. Desconocía la causa de esa invasión, pero tras las palabras que he oído salir de tus labios, puedo imaginarla. Zórnak, el Dragón que mora al sur de estas montañas, anhela recuperar esa Espada que portas. No sé el porqué de tan magno interés, pero ya no habrá vuelta atrás; no parará hasta poseerla de nuevo. Sus ejércitos no cesarán hasta acabar con el último de los de tu pueblo, sino tomas una decisión inminente.

Adonás aguardó en silencio esperando una respuesta de Ewodén.

—¡Oh, divino Thartso, he tardado una eternidad en llegar hasta aquí y resulta que ahora me encuentro ante este difícil momento! —decía el Rey Ewodén, suspirando, y superado por la grave situación—. Rey Adonás, como bien decís, he estado ocho años sumido en un letargo del que nada recuerdo, como si hubiese estado muerto; pero gracias a vuestra hospitalidad me he recuperado bien. Si Thartso me ha concedido una oportunidad de luchar por mi pueblo, no la desaprovecharé. El único problema con el que me encuentro ahora, es que no me siento con fuerzas para emprender el difícil camino de regreso; y, tras tantos años de ausencia, pensarán que soy un aparecido errante. Realmente, el prejuicio a ser rechazado por mi Ejército, y mi gente, corre por mis venas — terminó apesadumbrado el Rey de Wálattan.

—Mi Reino también ha sufrido en sus propias carnes la ira de Zórnak y sus ejércitos, pero con gran tesón por parte de mis guerreros pudimos al fin hacerlos regresar a las profundidades de las Nandurún. Ahora, el campo de batalla se ha concentrado en Wálattan, nuestra frontera oriental. Si tu Reino cae, mi pueblo quedará aislado, a merced de tan bárbaras hordas; así que recibirás nuestra ayuda —dijo con una leve sonrisa el Rey del Norte.

—Agradezco vuestra colaboración, Rey Adonás, pero decidme, ¿en qué consistirá?

—En el regreso a tu tierra, dos compañías de mis mejores jinetes te acompañarán hasta Wálattan; con mi hijo a la cabeza. Además de Lenzias, te acompañarán el Mariscal Ludwen y un centenar de guerreros; y ya que la premura es tu urgencia, recibirás como mi regalo personal a Nuzta, el corcel descendiente de los primeros caballos sobre estas tierras. Estará junto a ti hasta el fin de tus días; luego regresará a las Tierras Estepas, donde vive en libertad desde hace mucho tiempo atrás.

—Ya no encuentro más palabras para agradeceos esta inmensa ayuda, mas no se con qué os la podré devolver.

—La única contribución que yo podría pedirte, Rey Ewodén de Wálattan, sería que permitieses a mi hijo arraigar en el pasado de vuestro pueblo y descubrir el porqué del oscuro poder de esa Espada; que para nosotros es un simple y hermoso Bronce, pero para otro es un extraño artilugio de poder ¡Por lo demás, no hay más que hablar! ¡Cuando la Compañía del Rey Ewodén esté lista, podréis partir al este, a la guerra!